XIII domingo del Tiempo Ordinario. “Contigo hablo, niña, levántate”

 

 

XIII domingo del Tiempo Ordinario

“Contigo hablo, niña, levántate”

 

El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús dando vida. Se trata de la curación de una mujer enferma y la resurrección de la hija de Jairo.

La mujer enferma perdía sangre, sufría una constante menstruación que la colocaba en situación de impureza permanente. No podía tocar a nadie. Había gastado toda su fortuna en remedios que no le habían servida para nada, hasta que encuentra a Jesús, se acerca, le roza con fe y queda curada.

Jairo era el jefe de la sinagoga, por lo que representa al antiguo judaísmo oficial, y va en busca de Jesús porque cree que sólo él puede curar a su hija moribunda. Jesús lo acompaña a casa y la cura.

Impresionan las actitudes de Jesús y de los personajes. Jesús se conmueve ante el sufrimiento humano y al mismo tiempo valora enormemente la fe de aquellos que se acercan a él. Por eso dice: “Hija, tu fe te ha curado” (5,34) o “Ten fe y basta” (5,36). Estas dos frases muestran la importancia de la fe para experimentar la vida que trae Jesús. Lo que realmente salva es la fe. Esa fe nos permite hoy descubrir que Jesús se acerca también hoy a cada uno para sanar las dolencias que no hemos podido curar con otros remedios y, sobre todo, para salvarnos con una vida grande y abundante.

Un abrazo y buen domingo.

Jesús Girón
Consiliario Regional
Equipos de Nuestra Señora | Región Levante y Murcia

 

 

Marcos 5, 21-43

 

Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva». Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad. Él le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

 


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