II Domingo de Pascua. ¡Señor mío y Dios mío!

 

II Domingo de Pascua

¡Señor mío y Dios mío!

 

El Evangelio de este II domingo de Pascua consta de tres partes. La primera nos presenta a Jesús que vuelve a los suyos. Se aparece resucitado a sus discípulos para devolverles la paz y la alegría perdida, y lo hace cuando están reunidos. Allí, en medio de ellos se les hace presente, a pesar de que tengan las puertas cerradas.

La segunda escena presenta la incredulidad de Tomás, que no estaba presente cuando llegó Jesús y no cree el testimonio de los discípulos. Jesús sabe de su torpeza, pero también de su amor, y por eso le concede lo que necesita. Jesús se amolda a nuestras necesidades, ritmos y procesos. Por eso le concede el encuentro personal con él, pero no de forma aislada sino en medio de la comunidad.

La tercera parte recoge la primera conclusión del Evangelio de Juan que ha sido escrito con un objetivo claro: para suscitar la fe y generar vida.

Este domingo de la octava pascual es un momento estupendo para reencontrarnos con el Resucitado, para volver a experimentar su presencia en medio de nuestra comunidad, y para que esa presencia nos empuje a confesar como Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

Un abrazo y feliz Pascua.

Jesús Girón
Consiliario Regional
Equipos de Nuestra Señora | Región Levante y Murcia

 

 

Jn 20, 19-31

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


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