VI Domingo del Tiempo Ordinario. Déjate tocar, amar y sanar por el Señor.

VI Domingo del Tiempo Ordinario

Déjate tocar, amar y sanar por el Señor.

El Evangelio de este domingo nos presenta el tercer milagro de Jesús en el Evangelio de S. Marcos. Se trata de la curación de un leproso. La lepra, para el pueblo judío, era una enfermedad tabú que provocaba la marginación y exclusión total de quien la padecía. Además, quien entraba en contacto con un leproso quedaba impuro, y, para poder volver a la comunidad, tenía que purificarse.

Si lo dos milagros anteriores eran “ilegales y provocativos” porque fueron realizados en sábado, éste lo es aún más porque Jesús toca al leproso. Jesús podría haberle curado con su palabra, como en otras ocasiones, y manteniendo, así, una distancia prudente. Pero Jesús no ha venido a mostrarnos la prudencia, sino el amor. Ese amor se compadece y se hace próximo hasta las últimas consecuencias. Al tocar al leproso, Jesús viola la ley, queda impuro, y eso supone que ya no podrá entrar en ningún pueblo. Aunque pueda complicarle la vida y la misión, Jesús sigue adelante, mostrando que el Reino de Dios está cerca (Mc 1,15), especialmente de los más necesitados, y esa cercanía se expresa con gestos sencillos y concretos que transforman la vida de quienes lo acogen.

Jesús hoy se acerca también a ti, extiende su mano, y no teme tocar tus heridas y dolencias. Déjate tocar, amar y sanar por él.

Un abrazo y buen domingo

Jesús Girón
Consiliario Regional
Equipos de Nuestra Señora | Región Levante y Murcia

 

Mc 1, 40-45

Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.


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