XXXII domingo del Tiempo Ordinario

Velad

El Evangelio de este domingo presenta una parábola que refleja un rito de las bodas judías. Se trata de la llegada del novio a la casa de la novia para recogerla y llevarla a su futura casa común donde se celebra el banquete de bodas.

Lo primero que se nos dice es que la llegada del Señor será como un banquete de bodas, con fiesta, con alegría… Esto es importante para quitar toda sombra de miedo. El encuentro con el Señor es algo bueno, grande y gozoso.

Sin embargo, es necesario estar preparado. La parábola nos invita a estar atentos, vigilantes. Es importante estar vigilantes, no vivir como adormecidos y anestesiados por tantas cosas que nos distraen. Una sana tensión nos ayuda a vivir en clave de esperanza. Esperamos muchas cosas en la vida, y la mayoría son tan superficiales y pasajeras… El Señor nos llama a una esperanza grande y activa. Tan activa que no se puede delegar. Las jóvenes prudentes no negaron su aceite por egoísmo, sino porque la forma de vivir y de esperar es algo personal e intransferible. Nadie lo puede hacer por ti. Eres tú el que has de esperar en Dios siempre y en todo lugar, a pesar de las dificultades y los contratiempos… Él no falla!

Un abrazo y buen domingo!

Jesús Girón

Consiliario Regional

Equipos de Nuestra Señora | Región Levante y Murcia

 

Mt 25, 1-13

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

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