Meditación

140302 MeditaciónQuerríamos compartir con todos vosotros, la reflexión que nos suscitó uno de los textos propuestos durante los ejercicios espirituales de Benaguasil, dónde nos acompañaba como director espiritual D Juan Miguel Díaz Rodelas. La cita en concreto es la que describe la oración de Jesús en el huerto de los olivos, en Mt 26, 36-46.

Lo primero que llamó nuestra atención, fue la necesidad de Jesús de sentirse acompañado. Los discípulos no son de gran ayuda, se duermen y no consiguen velar, pero aún así, Jesús necesita sentirlos próximos y no les recrimina su escaso apoyo, sino que se limita a alentarlos para que perseveren.

Al iniciar su plegaria, nos impresionó la descripción del evangelista haciéndonos ver la dureza del momento. Jesús cae rostro en tierra e implora, si es posible, no tener que beber aquel cáliz, dejando claro que su pasión podrá ser asumida, pero no deseada. Y nos preguntamos, ¿qué pasaría por su mente en aquellos instantes? Quizás, ¿la angustia ante la inminencia del dolor físico de la pasión? ¿la decepción por la traición de uno de sus íntimos y por la defección del resto de ellos? ¿la frustración por el aparente fracaso? ¿el temor ante la muerte? La película de Martín Scorsese “La última tentación de Cristo”, homónima de la novela de Nikos Kazantzakis en la que se inspira, especula con la idea de que Jesús, en el último tramo de su agonía, pudo fantasear sobre cual habría sido su existencia si renunciando a su misión, hubiera optado por una vida sencilla y normal, trabajando, formando una familia y envejeciendo plácidamente. Que nadie se escandalice, son licencias de autor.

A nosotros en cambio, nos parece más verosímil otra tentación, la peor según nuestro criterio, la del miedo a dejar de amar, el llegar a creer que el hombre no es digno de salvación y por tanto, no merece que nadie, y mucho menos Dios, se sacrifique por nosotros.

Humanamente es algo comprensible, muchas personas maltratadas, engañadas y/o despreciadas, tocan fondo y quedan rotas, incapaces de volver a querer. Afortunadamente para nosotros, Jesús superó el trance amándonos hasta el fin, y sin dejar de preocuparse por el destino final salvífico de la humanidad.

En el huerto, la oración del segundo momento es distinta, se trata de una plegaria de aceptación. Sin embargo, no es una obediencia ciega, Jesús entiende la necesidad del sacrificio, y cuando éste adquiere su sentido, muestra su disposición a hacer lo que haga falta. Ya no hay angustia, alcanzado ese punto, la sensación que transmite Mateo es de serenidad y paz.

Queda algo por tratar, a nosotros, ¿cómo nos implica esta historia?. Nos declaramos cristianos y como tales nos sentimos felices celebrando la Navidad y otras festividades, participando en la eucaristía, acercándonos a los sacramentos, disfrutamos difundiendo nuestro movimiento entre otros matrimonios, incluso les acompañamos como pilotos, nos comprometemos en la pastoral de la Iglesia…. Pero no perdamos de vista que en el camino también encontraremos cruces que nos saldrán al paso en forma de enfermedad, dolor, fracaso, incomprensión, persecución… Unos versos de Xavier Casp lo expresan con una imagen intuitiva preciosa:

“qui no te Getsemaní, podrirà l’últim llençol.”

(quien no tiene Getsemaní pudrirá la última sábana)

Que desde nuestra condición de seguidores de Cristo seamos capaces como Él de aceptar con alegría las dificultades y el dolor que se nos presenten en nuestras vidas, pero sobretodo, pidámosle al Señor, que nos libre de la tentación de dejar de amar.

José Miguel Nemesio y Tere Górriz

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