Mi mejor Regalo de Navidad

Estas navidades recibí uno de los mejores regalos que podría imaginar… La semana antes de Navidad mi suegra me comentó que si nos apuntábamos a un voluntariado que pedían en su parroquia y yo le dije que sí, era para ayudar en una cena que hacían… bueno, lo que no me imaginaba era el tipo de cena que era.

Su parroquia se llama San Miguel y San Sebastián y está en la calle Quart. Así que el 25 sobre las 7 de la tarde bajamos a la parroquia y allí estaba el padre José Luis junto con el resto de los voluntarios ultimando los detalles de la cena que se celebraría en el mismo templo. Lo primero que me sorprendió fue la gran organización que tenían. Se formaron los diferentes grupos de trabajo (unos para recibir a los invitados, otros para ofrecerles toallitas para asearse, otros para cuidar de sus enseres, los de cocina, los sirvientes de mesa y los que seríamos los anfitriones de cada mesa) cada persona debía poner toda su energía en hacer la tarea encomendada y gracias a la disciplina y con mucha humildad todo se puso en marcha con la precisión de una maquinaria suiza. Los invitados habían llegado: eran hombres y mujeres que no habían tenido nuestra suerte y vivían en condiciones de pobreza, muchos en la calle.

Cuando me tocó recibir a mis compañeros de mesa estaba muy nerviosa, pero en cuanto vi sus sonrisas y su buen trato se me pasó. Nuestra mesa estaba formada por una suegra y un yerno ecuatorianos, un matrimonio de Bulgaria, Teresa que venía de Gijón y David, de León.

Nos presentamos y entre anécdotas e historias fue transcurriendo de forma muy amena la cena que consistía en una sopa cubierta de primero y pollo al horno con patatas de segundo para terminar con fruta y dulces navideños, armonizado por personas que cantaban o tocaban instrumentos.

Don Carlos, Arzobispo de Valencia, no quiso perderse el evento y atendió con cariño y alegría a todos los participantes. Y todo esto en un maravilloso entorno, pues al fondo de la pared, como presidiéndolo todo, estaba el altar con Cristo en la cruz.

Para mí ha sido una de las mejores experiencias que he vivido, no sólo por conocer de primera mano a gente con la que me cruzo a diario y en quien no me fijo, sino porque cuando llegué a mi casa pensé que el Banquete Celestial del que nos hablan en el Evangelio ha de ser así, nos invitarán, nos limpiaremos antes de entrar, nos desprenderemos de nuestras posesiones y nos sentaremos a la mesa. Sólo que con una diferencia. Seré yo la invitada y con quienes compartí la cena me dirán: bienvenida, siéntate en mi mesa…

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